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Fernando Ochoa Antich // Delirio de grandeza

Definitivamente, uno de los mayores riesgos que produce el ejercicio del poder es el delirio de grandeza. Es una enfermedad que surge progresivamente. Su origen es muy variado, pero mi experiencia me indica que la principal causa son los eternos adulantes. Se dedican, con particular habilidad, a envanecer a quien lo ejerce, aplaudiéndole aciertos y errores hasta hacerle perder el sentido de la realidad. Estudian su personalidad en detalle, determinan con precisión sus debilidades, averiguan sus mínimos gustos y se ubican en su cercanía para lograr una sorprendente influencia que aleja a los colaboradores más capaces y honestos. Su único antídoto es lograr que ese poder tenga límites y fundamentalmente que sea transitorio. Estoy convencido, que Hugo Chávez, desde hace varios años, sufre de Delirio de grandeza. Sus últimas actuaciones me lo confirman plenamente. Veamos.

 El incidente ocurrido en Chile, durante la reunión de jefes de Estado y de gobierno Iberoamericanos, es en sí mismo un absurdo. Se entiende, que estas conferencias tienen un rígido protocolo. Es sorprendente, que la presidenta Michelle Bachelet no haya intervenido a tiempo para evitar el enfrentamiento. Lamentablemente, la única verdad dolorosa, es que Juan Carlos, rey de España,  regañó como si fuera un niño al presidente de Venezuela. Para colmo, Hugo Chávez no fue capaz de responderle con el carácter necesario para defender la dignidad de la patria de Bolívar. De todas maneras, debe quedar claro que el responsable del problema fue Hugo Chávez. Sin medir las consecuencias, acusó de manera repetitiva de fascista a José María Aznar, sin entender que esas acusaciones tenían que ser rechazadas por José Luis Rodríguez Zapatero, ya que de no hacerlo comprometía la dignidad de España. Lo más curioso, es que Hugo Chávez se encuentra tan fuera de la realidad que todavía no ha entendido lo que ocurrió.

 La reunión de la OPEP, es otro caso que muestra el desequilibrio que presenta la personalidad de Hugo Chávez. Lo primero que hizo fue plantear que el precio del petróleo se encontraba en 100 dólares por su esfuerzo personal. De inmediato, sin medir el limitado poder que tiene Venezuela en la OPEP, se le ocurrió respaldar la proposición iraní que busca conducir al cartel petrolero a actuar geopolíticamente para enfrentar a Estados Unidos y cambiar el dólar como la moneda escogida para las transacciones petroleras. De nuevo intervino su delirio de grandeza. Olvidó, lo que significa para la estabilidad y la seguridad del reino de Arabia Saudita y de los  Emiratos Árabes la alianza con Estados Unidos. Creyó que con decir una de sus tantas peroratas iba a convencer a los fríos y calculadores dirigentes de esos países.  La sonrisa burlona del rey saudita, Abdalá bin Abdelaziz, al responderle, me causó verdadera tristeza. Venezuela merece más respeto. 

 La gota que desbordó el vaso fue la visita a Francia. El presidente Nicolás Sarcosy esperaba que Hugo Chávez presentara suficientes pruebas que demostraran que Ingrid Betancourt seguía con vida. Eso no ocurrió. El fiasco diplomático fue tan complicado de resolver que a Hugo Chávez sólo se le ocurrió, para no quedar en ridículo, hacer pública una confidencia del presidente Álvaro Uribe. Las consecuencias tenían que sentirse de inmediato: un comunicado del gobierno de Colombia aclaró que lo dicho por Hugo Chávez era confidencial. Una oportunidad tan ventajosa no iba a dejar de ser aprovechada por la hábil diplomacia bogotana. De inmediato, en el mismo comunicado, Álvaro Uribe dejó claro que el plazo para concluir las negociaciones era el 31 de diciembre. La cara de sorpresa de Hugo Chávez me causó risa. Para colmo, le pidió  a la senadora Piedad Córdoba que llamara al general Mario Montoya, comandante del Ejército colombiano, con la finalidad de interrogarlo sobre los secuestrados. Como era de esperarse, todo terminó. Álvaro Uribe puso fin a la intermediación. En conclusión, una nueva paliza para Hugo Chávez.

 Estoy convencido que su delirio de grandeza lo condujo a presentar la reforma constitucional. Las últimas encuestas lo deben tener más que preocupado. Todavía cree que puede lograr el triunfo mediante el uso abusivo de los medios de comunicación, pero las realidades empiezan a ser testarudas: la derrota electoral no tiene vuelta atrás. Una maniobra, como utilizar la Corte Suprema de Justicia para suspender el referendo, tendría tal costo político que sería, de todas maneras, el inicio del final.



 
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