Definitivamente, uno de los mayores riesgos que produce el
ejercicio del poder es el delirio de grandeza. Es una enfermedad
que surge progresivamente. Su origen es muy variado, pero
mi experiencia me indica que la principal causa son los eternos
adulantes. Se dedican, con particular habilidad, a envanecer
a quien lo ejerce, aplaudiéndole aciertos y errores hasta
hacerle perder el sentido de la realidad. Estudian su personalidad
en detalle, determinan con precisión sus debilidades,
averiguan sus mínimos gustos y se ubican en su cercanía
para lograr una sorprendente influencia que aleja a los colaboradores
más capaces y honestos. Su único antídoto es
lograr que ese poder tenga límites y fundamentalmente
que sea transitorio. Estoy convencido, que Hugo Chávez,
desde hace varios años, sufre de Delirio de grandeza.
Sus últimas actuaciones me lo confirman plenamente. Veamos.
El incidente ocurrido en Chile, durante la reunión
de jefes de Estado y de gobierno Iberoamericanos, es en sí
mismo un absurdo. Se entiende, que estas conferencias tienen
un rígido protocolo. Es sorprendente, que la presidenta
Michelle Bachelet no haya intervenido a tiempo para evitar
el enfrentamiento. Lamentablemente, la única verdad dolorosa,
es que Juan Carlos, rey de España, regañó
como si fuera un niño al presidente de Venezuela. Para
colmo, Hugo Chávez no fue capaz de responderle con el
carácter necesario para defender la dignidad de la patria
de Bolívar. De todas maneras, debe quedar claro que el
responsable del problema fue Hugo Chávez. Sin medir las
consecuencias, acusó de manera repetitiva de fascista
a José María Aznar, sin entender que esas acusaciones
tenían que ser rechazadas por José Luis Rodríguez
Zapatero, ya que de no hacerlo comprometía la dignidad
de España. Lo más curioso, es que Hugo Chávez
se encuentra tan fuera de la realidad que todavía no
ha entendido lo que ocurrió.
La reunión de la OPEP, es otro caso que muestra
el desequilibrio que presenta la personalidad de Hugo Chávez.
Lo primero que hizo fue plantear que el precio del petróleo
se encontraba en 100 dólares por su esfuerzo personal.
De inmediato, sin medir el limitado poder que tiene Venezuela
en la OPEP, se le ocurrió respaldar la proposición
iraní que busca conducir al cartel petrolero a actuar
geopolíticamente para enfrentar a Estados Unidos y cambiar
el dólar como la moneda escogida para las transacciones
petroleras. De nuevo intervino su delirio de grandeza. Olvidó,
lo que significa para la estabilidad y la seguridad del reino
de Arabia Saudita y de los Emiratos Árabes la alianza
con Estados Unidos. Creyó que con decir una de sus tantas
peroratas iba a convencer a los fríos y calculadores
dirigentes de esos países. La sonrisa burlona del
rey saudita, Abdalá bin Abdelaziz, al responderle, me
causó verdadera tristeza. Venezuela merece más respeto.
La gota que desbordó el vaso fue la visita a Francia.
El presidente Nicolás Sarcosy esperaba que Hugo Chávez
presentara suficientes pruebas que demostraran que Ingrid
Betancourt seguía con vida. Eso no ocurrió. El fiasco
diplomático fue tan complicado de resolver que a Hugo
Chávez sólo se le ocurrió, para no quedar en
ridículo, hacer pública una confidencia del presidente
Álvaro Uribe. Las consecuencias tenían que sentirse
de inmediato: un comunicado del gobierno de Colombia aclaró
que lo dicho por Hugo Chávez era confidencial. Una oportunidad
tan ventajosa no iba a dejar de ser aprovechada por la hábil
diplomacia bogotana. De inmediato, en el mismo comunicado,
Álvaro Uribe dejó claro que el plazo para concluir
las negociaciones era el 31 de diciembre. La cara de sorpresa
de Hugo Chávez me causó risa. Para colmo, le pidió
a la senadora Piedad Córdoba que llamara al general Mario
Montoya, comandante del Ejército colombiano, con la finalidad
de interrogarlo sobre los secuestrados. Como era de esperarse,
todo terminó. Álvaro Uribe puso fin a la intermediación.
En conclusión, una nueva paliza para Hugo Chávez.
Estoy convencido que su delirio de grandeza lo condujo
a presentar la reforma constitucional. Las últimas encuestas
lo deben tener más que preocupado. Todavía cree
que puede lograr el triunfo mediante el uso abusivo de los
medios de comunicación, pero las realidades empiezan
a ser testarudas: la derrota electoral no tiene vuelta atrás.
Una maniobra, como utilizar la Corte Suprema de Justicia para
suspender el referendo, tendría tal costo político
que sería, de todas maneras, el inicio del final.