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Caracas, miércoles 27 de diciembre, 2006  
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Alberto Arteaga Sánchez // Amor a los animales en Navidad

Los perros están asediados por el tormento de los cohetes, de los "tumba-ranchos" ...

La Navidad, tiempo de alegría, de paz, de reconciliación, de amor, es, por ello, oportunidad propicia para pensar en los seres que sufren: en los enfermos, en los que evocan el recuerdo de los seres queridos que se han marchado, en los que viven las pascuas entre rejas, en los niños que no tienen la alegría del juguete esperado de manos del Niño Jesús. Pero, a esta lista, hay que añadir a los más fieles amigos del hombre que no están puestos allí para su simple solaz, recreo y complacencia, sino para servirles de ejemplo, de maestros en el compartir, en la fidelidad, en la paciencia, en la discreción e inclusive, en el elocuente silencio, inequívoco signo de su inteligencia.

Me refiero, en particular, a los perros que, a diferencia de los humanos, al menos los de estas latitudes, no encuentran paz en Navidad, asediados por el tormento de los cohetes, de los "tumba-ranchos", de los "mata-suegras" y de otras especies festivo-delictivas, de manifiesto peligro y reiterados y graves daños, en particular para los niños, producto de una tradición que debería desaparecer, pero que, antes por el contrario, a pesar de las prohibiciones legales, se imponen en todos los niveles, en el contexto de un multimillonario negocio con privilegiados beneficiarios y amplísima distribución en tarantines que aparecen a todo lo largo y ancho de nuestras ciudades.

Los inquietos y nobles perros, en este caso, haciéndose eco del sufrimiento de enfermos y ancianos que padecen por el inclemente martirio de los artefactos inventados en flagrante contradicción con el espíritu navideño de paz, expresan su angustia y desespero con sus movimientos y ladridos que a duras penas logran contenerse o paliarse, sufriendo muchos de ellos daños irreparables en su salud.

En este caso, los fieles y consecuentes amigos del hombre que, precisamente, por su sabiduría, no hablan, para no equivocarse tanto como sus compañeros y "presuntos" amos, enarbolan la bandera de la protesta que canaliza su angustia e inconformidad con prácticas que sólo se comparan con el ruido infernal de un conflicto bélico.

Es oportuno recordar, por otra parte, que nuestras leyes y, en particular, los dispositivos penales vigentes, no sólo sancionan las descargas de armas de fuego, la quema de fuegos de artificios u otras explosiones en lugares habitados, sin los permisos correspondientes, sino que además castigan los malos tratos y crueldades con los animales.

Dios quiera que en este fin de año, en plenas fiestas navideñas, pensemos también en quienes sufren y quisieran tener paz y tranquilidad en el paréntesis del año que nos acerca a los más caros valores del ser humano. Entre estos seres, están los afectuosos animales que comparten con nosotros la vida diaria, paradójicamente alterada por una tradición que debe remontarse a las etapas más primitivas de la vida del hombre y que pone a prueba su resistencia a los ruidos contaminantes y molestos, muy lejos todo ello del espectáculo creativo de hermosas demostraciones de ingenio pirotécnico o de fuegos de artificio que contribuyen con su colorido y figuras a dibujar un tiempo de gratos recuerdos, de promesas y de augurios por un ¡Feliz año nuevo!

arteagasanchez@cantv.net

 



 
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