EL AUTOBUS ESCOLAR se desvía de su ruta cotidiana y se
detiene en un sitio inusual debajo de un puente en la avenida
Victoria. En Caracas, las hojas de abril apenas esconden los
rastros recientes de lo que el chofer del colectivo denomina
"la muerte de un ruiseñor". Genaro Salinas, la voz de oro
de México, ha callado para sus esbirros, para lo queda
de la humanidad sigue presente.
En la mañana del 28 de abril de 1957, fueron encontrados
los restos de lo que dejó la Seguridad Nacional. Era
otra escena triste y patética de una dictadura que en
cualquier momento anotaba con un machucón a primera.
El problema cuando no hay libertad de expresión es que
la gente no sabe cómo realmente ocurren las cosas. También
es cierto que había un amor de por medio.
En su momento, la noticia no tuvo mayor repercusión.
Para sus detractores, que no eran muchos pero hacían
bulla, era un cantante venido a menos que entre copa y copa
se empeñó en extinguir sus escasos 37 años.
Para los que conocían el oficio; la voz, que silenció
la ignorancia en unos instantes, a la naturaleza le llevaría
por lo menos otros cien años volver a crearla.
Un cantante que había adquirido renombre en el exterior
fue objeto de intrigas y maquinaciones por parte de los
gremios artísticos establecidos en su país que
defendían fuertes intereses económicos relacionados
con la producción musical.
Entonces, escogió como destino Venezuela, el lugar
donde radicaba la mujer, que ahora, era la esposa del
director de la policía de la dictadura. Esa decisión
truncó para siempre la carrera de un artista que
se hubiera convertido en el tenor mexicano más
grande de todos los tiempos.
Como en la canción de su tierra, Genaro no tuvo
tiempo de montar en su caballo. Dice Facundo Cabral
que cada cantor es una buena noticia, porque cada
cantor es un soldado menos. Esta, ciertamente, no
fue una buena noticia.
Alberto Naranjo, compañero de la música
que va yendo y viniendo, testigo ejemplar, señala
que en 1957, a sus 16 años, presenció
cómo Daniel Santos se acercó al cuerpo
de Genaro Salinas para colocarle cuidadosamente
una almohada debajo de su cabeza y despedirlo con
un beso y una lágrima. Alfredo Sadel, la voz
de oro de Venezuela, se hizo cargo de los gastos
generados por sus funerales.
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