THE ECONOMIST
Moscú.- La estrategia guardaba semejanza con
la respuesta al desastre del submarino nuclear Kursk: minimizar
el daño, resistirse al escrutinio, culpar a Occidente.
Al dirigirse a la nación luego de la masacre de Beslán,
el presidente Vladímir Putin conjuró el fantasma
de potencias extranjeras manipuladoras que explotan el terrorismo
para debilitar a Rusia. Varios europeos y estadounidenses
han criticado desde entonces a Putin por el caso de Chechenia
y por su deseo de adquirir más poder. La respuesta fraternal
de Putin el 11 de septiembre de 2001 convenció a los
optimistas de que el sueño de acercar Rusia a Occidente
quizás se había cumplido. En las últimas semanas,
ese sueño parece como nunca una quimera.
Los rusos están acostumbrados a las quejas de los
europeos de línea moderada; de los estadounidenses
esperan un pragmatismo más obstinado. Por ello, se
molestaron cuando el presidente George W. Bush expresó
"preocupación" por los planes de Putin de cambiar el
sistema electoral ruso y el gobierno regional. Antes, Serguéi
Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, había
dicho ásperamente que su país no hacía comentarios
sobre las elecciones presidenciales estadounidenses. Un
diplomático británico fue convocado para que explicara
por qué Reino Unido no había extraditado a Ajmed
Zakayev, colaborador de quien fuera elegido presidente de
Chechenia, Aslán Masjádov. Shamil Basayev, el
otro hombre más buscado de Rusia, se adjudicó
la responsabilidad de los hechos de Beslán, pero negó
haber recibido dinero de Osama bin Laden.
Algunos rusos liberales consideran este contratiempo
un momento decisivo para la política exterior. Justo
cuando Putin se ha revelado en su país como un centralizador
insaciable, está surgiendo en el extranjero como
un incorregible nacionalista de una superpotencia. Según
esta visión, Putin aún ve los intereses de Rusia
en términos de esferas de influencia. Lo que es peor,
los valores "rusos" que Putin desposa en tales asuntos
como derechos humanos y un gobierno fuerte, hacen imposible
una integración más estrecha con Occidente.
En el último par de años, Moscú parecía
estar buscando una política exterior "normal", pero
en la realidad fue una especie de tregua temporal. En
el futuro, según dicen, la sospecha mutua coexistirá
con las ventas de energía de Rusia hacia Occidente,
justo como en los últimos años de la Unión
Soviética.
Si Putin quiere distanciarse más de Occidente,
tendrá muchas oportunidades de hacerlo próximamente.
Los negocios de Rusia con los europeos serán más
penosos ahora que la Unión Europea ha incorporado
varios ex países comunistas. Algunos asesores políticos
han sido despachados de Moscú a Ucrania antes de
las elecciones presidenciales. Viktor Yushchenko, candidato
de la oposición favorable a Europa, a quien los
rusos quieren detener, retomó su campaña luego
de sufrir, dicen sus partidarios, un intento de asesinato
por envenenamiento. Putin también podría ser
más tolerante que los europeos en cuanto a los
esfuerzos de Alexander Lukashenko por cambiar la constitución
de Belarús y permanecer como su presidente _entre
otras cosas, temen los liberales rusos, debido a que
a Putin le gustaría hacer lo mismo.
Putin también podría alejar a Occidente
cumpliendo sus amenazas de lanzar ataques preventivos
contra terroristas _notablemente en la garganta Pankisi,
de Georgia, el supuesto escondite de los rebeldes
chechenos. Rusia debería tener razón en
cultivar estabilidad en su frontera sur. Sin embargo,
aún interfiere en Abjasia y Osetia del Sur, dos
regiones rebeldes de Georgia.
Una interpretación más optimista de los
acontecimientos recientes, impulsada por simpatizantes
del Kremlin, es que Putin y Bush, al menos, están
actuando para sus públicos locales. Bush hizo
unos pocos comentarios en respuesta a las acusaciones
de que está haciendo muy poco para alentar
la democracia rusa. La xenofobia de Putin y su evidente
nostalgia por la Unión Soviética buscan
mitigar la culpa por la tragedia de Beslán
y apaciguar a influyentes dirigentes de línea
dura. Debajo de todo esto, según esta interpretación,
ambos presidentes aún se comprenden y se llevan
bien.
La verdad probablemente se encuentra a mitad
de camino entre las distintas interpretaciones.
Las relaciones de Rusia con Occidente no son tan
malas como en ocasiones lo fueron durante los
volátiles años de la presidencia de
Yeltsin. Putin escoge sus batallas con cuidado;
prueba de ello es su relativa ecuanimidad frente
a la expansión de la OTAN hacia Oriente.
Quizás se abstenga de caer en provocaciones
en Georgia. Pero ciertamente no es un internacionalista.
Todas las partes se sienten defraudadas por sus
experiencias de los últimos años: los
europeos con relación al estado de los derechos
humanos en Rusia y debilidades en términos
democráticos; los estadounidenses por Irak,
la intromisión de Putin y los malentendidos
en torno al terrorismo. Un nuevo período
de rivalidad entre superpotencias pudiera estar
lejano, pero una mayor integración de Rusia
con Occidente probablemente sea más remota
aun.
Traducción Teresa León y
José Peralta